Ivan Perez Carrion

Para mi Primer Jefe Editorial

The Raven
El hombre del banco de caoba

Cuando pienso en Iván Pérez Carrión, no pienso en el editor, ni en el escritor, ni siquiera en el amigo. Pienso en un banco de caoba oscura en el patio interior de un antiguo monasterio jesuita de La Habana, convertido después en instituto. Allí, entre clases, conversaciones y sueños juveniles, transcurrieron muchas de las horas que hoy recuerdo con mayor nitidez.

Para entonces, la literatura ya ocupaba un lugar central en mi vida. Había llegado a ella de la mano de mi padre y había recorrido, libro tras libro, mundos enteros. Sin embargo, una cosa es amar los libros y otra muy distinta encontrar a alguien con quien compartir ese amor.

Iván era una de esas personas excepcionales.

Hablábamos en inglés, comentábamos novelas, discutíamos personajes y autores. Recitaba de memoria El cuervo de Edgar Allan Poe y los grandes monólogos de Shakespeare con una naturalidad que me dejaba admirada. Poseía una memoria prodigiosa, pero más admirable aún era la profundidad de su relación con la literatura. Los textos no parecían aprendidos; parecían formar parte de él.

La vida, como suele hacer, nos separó.

Llegaron la universidad, el matrimonio, las responsabilidades y las incertidumbres de una época compleja. Pasaron los años hasta que nuestros caminos volvieron a cruzarse de una forma inesperada.

Yo había terminado mi primera novela y acudí a la Editorial José Martí. Allí me encontré de nuevo con Iván. Ya no era el joven estudiante sentado en el banco de caoba. Era el director editorial.

Recibió mi manuscrito, lo leyó y, tiempo después, me lo devolvió. El mundo estaba cambiando a una velocidad vertiginosa. Recuerdo una estantería repleta de originales destinados a no publicarse jamás porque la realidad sobre la que habían sido escritos había desaparecido.

Sin embargo, de aquel encuentro no recuerdo una negativa.

Recuerdo un consejo. —Sigue escribiendo.

Nada más. Ni promesas ni halagos. Sigue escribiendo.

Con el tiempo abandoné Cuba. Como tantos otros, me marché sin despedidas, sin ceremonias y sin la certeza de volver a ver a muchas personas importantes en mi vida. Recuperé aquel manuscrito años después y comprendí que debía reescribirlo por completo. La mujer que lo había escrito ya no era la misma.

Iván y yo volvimos a encontrarnos a través de cartas y correos electrónicos. Vivía en Santo Domingo. Hablábamos de libros, de proyectos, de publicaciones. Le envié ejemplares de mis novelas. Me prometió que las leería. Sus hijos intentaban llevarlo a Estados Unidos.

Pensábamos que aún quedaba tiempo. Siempre creemos que queda tiempo. Hasta que un día descubrimos que no.

Hoy, al recordar a Iván, comprendo que lo que más echo de menos no es únicamente a la persona. Echo de menos la conversación.

Echo de menos la posibilidad de hablar durante horas sobre Asimov, Verne, Balzac, Poe o Shakespeare. Echo de menos a alguien capaz de leer no sólo las palabras de una obra, sino también aquello que se esconde detrás de ellas.

Personas así son extraordinariamente raras.

A lo largo de una vida podemos conocer muchos lectores, incluso grandes lectores. Pero muy pocos llegan a convertirse en verdaderos compañeros de viaje por el territorio de la literatura.

Iván fue uno de ellos. Y cuando pienso en él, no veo un final, veo un patio silencioso.

Veo un banco de caoba.

Y escucho, una vez más, la voz de un amigo recitando a Poe mientras el tiempo, todavía entonces, parecía infinito

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