Érase una vez, y hace ya muchos años, en una ciudad junto al mar, una joven que había sido puesta como aprendiz de los Maestros de las Ilusiones.
Aquellos maestros eran seres extraños. Rara vez se dejaban ver, y jamás permanecían el tiempo suficiente para responder a todas las preguntas de sus discípulos. Así pues, la muchacha hubo de aprender escuchando al mundo. Escuchaba las olas que llegaban desde el océano, los vientos que cruzaban los tejados y los susurros que parecían surgir de los lugares invisibles que existen entre las cosas. A veces creía oír espíritus. Otras veces pensaba que era sólo su imaginación. Mas, de una forma u otra, prestaba atención.
El arte que estudiaba no era el de levantar casas, construir navíos o forjar espadas. Era un arte mucho más extraño: el de crear mundos.
Mediante signos, conjuros y delicadas fórmulas podía levantar paisajes que jamás habían existido, pintar imágenes que parecían cobrar vida y construir pequeños reinos destinados a ser contemplados por gentes lejanas. Amaba profundamente aquella labor. Le recordaba la pintura, aunque poseía una magia mayor, pues aquello que creaba no quedaba encerrado en una sola estancia, sino que podía viajar más allá de su ciudad junto al mar y alcanzar tierras que ella jamás conocería.
Pasaron los años.
Algunas de sus obras agradaban a los maestros. Otras eran rechazadas sin explicación alguna. Pero la joven persistía. Cada error se convertía en una lección y cada lección en un nuevo conjuro que añadía a su creciente libro de conocimientos.
Entonces llegó la enfermedad.
Los años transcurrieron más deprisa de lo que ella hubiera deseado. La joven aprendiza dejó de ser joven. Gran parte del tiempo que habría dedicado a perfeccionar su arte hubo de emplearlo simplemente en resistir. Mientras ella luchaba por recuperar sus fuerzas, el mundo continuó cambiando.
Y cuando al fin regresó a sus estudios, descubrió que una nueva forma de magia había aparecido sobre la tierra.
Por fortuna encontró un nuevo maestro. A diferencia de los antiguos, que hablaban poco y enseñaban menos, éste ofrecía consejos concretos.
—Si deseas lograr tal efecto, utiliza este conjuro.
—Si empleas el antiguo, el resultado será desastroso.
La aprendiz escuchó y volvió a estudiar. Aprendió nuevos métodos, nuevas reglas y nuevas maneras de construir sus ilusiones. Poco a poco mejoró.
Mas el mundo había cambiado de maneras que ni siquiera aquel maestro podía controlar.
En los viejos tiempos, sus creaciones viajaban libres. Ahora eran contempladas a través de extraños artefactos que las personas llevaban en sus propias manos. Aquellos artefactos se habían multiplicado por millones y se habían convertido en las nuevas ventanas por las que el mundo observaba la magia.
Y allí surgió el problema. Los antiguos conjuros y los nuevos artefactos no siempre se entendían.
La aprendiza pasaba horas, a veces días enteros, construyendo una hermosa ilusión. La contemplaba satisfecha y creía haber concluido su labor. Pero cuando alguien intentaba observarla a través de aquellos nuevos artefactos, partes enteras desaparecían. Las imágenes se desplazaban. Los textos se desordenaban. Lo que parecía perfecto se volvía incompleto.
—La magia no funciona —le decían. —El hechizo es invisible.
La aprendiza observaba incrédula. El conjuro funcionaba perfectamente donde había sido creado. Sin embargo, en aquellos artefactos parecía romperse. Y así comenzó una nueva etapa de su aprendizaje.
Una y otra vez corregía sus obras. Una y otra vez adaptaba los conocimientos antiguos a las exigencias del presente. Cada solución revelaba un problema desconocido. Cada victoria descubría una regla oculta. Y los años siguieron pasando.
La aprendiz se volvió hábil. Algunos incluso la consideraban sabia. Pero ella jamás llegó a verse como una maestra. El arte cambiaba demasiado deprisa. Nuevos conjuros aparecían cada estación. Nuevos magos surgían por millares. Y detrás de ellos llegaban otros más jóvenes, más rápidos y más familiarizados con las nuevas artes.
A veces se preguntaba si lograría alcanzarlos. Mas cada vez que aquella duda se acercaba, regresaba a su mesa de trabajo.
Corregía un nuevo conjuro. Probaba una nueva ilusión. Aprendía una nueva lección. Construía un nuevo mundo.
Quizá jamás llegaría a ser una maestra. Quizá la maestría no era el verdadero propósito de aquel camino.
Tal vez el secreto del arte no consistía en alcanzar la perfección, sino en perseverar.
Y así, en su ciudad junto al mar, la aprendiza continuó trabajando. Su cabello se volvió gris. Su libro de conjuros se hizo más grueso. Los artefactos se tornaron más extraños. Y el mundo siguió acelerando su marcha.
Pero cada mañana ella volvía a sentarse frente a su labor e intentaba, una vez más, hacer visible su magia. Y aunque nunca dominó todos los secretos ni aprendió todos los conjuros, poseía algo más raro que la maestría.
Jamás dejó de aprender Y Jamás dejó de intentarlo.